"La desunión engendra el odio, y el odio no puede vivir
sino entre las sombras que forma la distancia. La
enemistad es despechada y se aisla para aborrecer".
Cecilio Acosta.-
La corrupción, psicológicamente concebida, es una actitud de traición contra uno mismo. Es actuar en reversa -a toda máquina- contra lo que a todos conviene. Contra lo que a todos beneficia. La corrupción es en definitiva; la más clara expresión de degeneración social.
Lo jurídico respecto a ella, es mera formalidad legal. Es un indiferente e hipócrita obrar burocrático. No existen mecanismos sinceros ni eficaces para atacar este flagelo. Primero: porque no existe voluntad política para hacerlo. Se considera que el ejercicio de la función pública, es una especie de "oportunidad dorada", para dar rienda suelta a cuanta fantasía individual se padezca. Se separa el sentido natural de lo colectivo para imponer la voluntad personal. La ley pasa a ser un arma de uso privativo para quien tenga el "privilegio" de representarla. En su nombre se comete toda clase de tropelías bajo el argumento de su cumplimiento. Segundo: resulta imposible esperar cohesión en torno a un proyecto de realización general, en razón del arraigo cultural de lo material en el proyecto de vida de cada individuo. Para impulsar valores colectivos de unidad, se requiere coincidencia intrínseca de intereses superiores. Entiéndase por éstos: noción de nación. Solidaridad social entre connacionales. Estricto sentido práctico del valor de los bienes públicos en cuanto a su fin como elementos de uso colectivo. Noción elemental de la ley como mecanismo de control social. Conciencia permanente del papel organizativo de las instituciones. En fin, se requiere un alto grado de sentido lógico, que permita entender el papel necesario de un orden social, que haga viable la coexistencia en un mismo espacio, y a un mismo tiempo, de tantos diferentes modos de pensar. Eso, en resumidas cuentas; no lo tenemos. Somos, hasta hoy, "veintiocho millones de países" pugnado por imponerse, acosta de lo que sea y de la forma que sea, unos sobre otros. Todos queremos al mismo tiempo, ser dueños de todo. Ser primero en todo. El carácter social y solidario que debe emanar de la cultura, la educación y las leyes carece vigencia práctica.
En medio de tan drástica realidad cabe preguntarse: ¿es viable la honestidad? ¿Tiene nuestra práctica social espacio para los honestos? ¿Es posible subsistir mediante la práctica de los valores? La repuesta siempre será sí. Sólo que la agresividad antisocial de nuestro conglomerado "social", cada vez quita mayor espacio a la práctica de esos valores. Es decir, resulta técnicamente inviable sin que se tome por débil. La honestidad supone hoy, no el ejercicio de un obrar justo, sino una actitud pasiva o riesgosa dado el carácter agresivo de la mayoría.
La anatomía de nuestro cuerpo social está diseñado sobre la premisa del respeto al derecho ajeno. En teoría, el Estado tiene la obligación de resguardar nuestros intereses, entre ellos: la vida. Pero ocurre que en la práctica esto no se cumple. El Estado está dirigido por intereses de grupos minoritarios, cuando no personales.