Las terribles simplificaciones

12/01/2018 | 4:31 PM

* Rafael Humberto Gómez Z.

Por lo general cuando las sociedades entran en crisis, surge una gran necesidad de lo que algunos han llamado las terribles simplificaciones, a esto se unen los terribles simplificadores, quienes de hecho se convierten en los portadores de las recetas, fórmulas, creencias o dogmas que prometen solucionar los problemas que aquejan a la sociedad. Algunos  emperadores romanos y personajes como Hitler, Stalin, Mao, Fidel o los dictadores de izquierda y derecha, que han gobernado y algunos que todavía gobiernan en el mundo, son buenos ejemplos de esto.

También es bueno señalar que existe una propensión de los pueblos a tolerar que se abuse de su ingenuidad permitiendo y, a veces, hasta exigiendo recetas simplistas para sus problemas, cuestión fácil de entender y difícil de aceptar, porque muchas veces el resultado de estas simplificaciones ha sido la concentración del poder político y económico en manos de un carismático personaje o grupo que se erige en dueño y vocero de la solución. Pero desgraciadamente, los hechos demuestran que en determinadas circunstancias los pueblos son fácilmente seducibles por recetas simples que conducen a la opresión y el despotismo, como sucede desde hace 19 años en nuestro país.

En la Venezuela de hoy, la discusión sobre los problemas y las distintas alternativas para enfrentarlos no se ha caracterizado por su profundidad, relevancia o seriedad. Quizás ello tenga que ver, como lo han señalado acuciosos profesionales como Moisés Naín y R. Piñango, al hecho de que los venezolanos hemos tenido y tenemos hoy día tantas cosas urgentes que atender que no hemos podido pensar cuidadosamente en las soluciones posibles; porque además de razones políticas, económicas y psicológicas, se anexa un ambiente cargado de confusión, desencanto y perplejidad ante el desempeño político e ideológico del Gobierno actual, que al parecer sólo busca su permanencia en el poder, sobre la base de llevarnos a una pobreza generalizada, para lograr de esta manera el control político y económico total de la población. Y esta parece ser la receta central del actual Gobierno para enfrentar la problemática política por la que atravesamos en el presente, a la cual parece adicionarse una crisis moral, que ha tenido hasta ahora, como expresión popular la protesta por conseguir determinados alimentos, como la del famoso pernil prometido en el pasado diciembre.

Bien, la combinación de este clima con las enormes aspiraciones de mejoría social y económica por parte de todas los estratos de la población, abonado esto, con la drástica reducción de la capacidad del Gobierno para continuar con la satisfacción de estas aspiraciones de la población en general, genera un terreno peligrosamente abonado para la búsqueda de soluciones simplistas y erróneas. Pero, a mi entender, lo pertinente, es el aclarar el panorama, examinando dónde estamos, cómo hemos llegado aquí y dónde realmente podemos llegar en el corto y mediano plazo partiendo de la situación actual, si esto se logra, podremos superar la circunstancia de las terribles simplificaciones. Y las preguntas pertinentes no pasan por la de sembrar el petróleo, que todavía tenemos, sino en ¿cómo hacemos para sembrar el petróleo?, o como lo señalan muchos analistas económicos: ¿porqué no hemos sembrado en petróleo?

Pero, el problema central, que impide lograr un espacio de bienestar en nuestro país, parece ser el concepto de revolución que sustenta la acción del Gobierno actual; denominación de revolución que tiene como objetivo mantener el poder político sobre cualquier circunstancia social y económica o sobre la ansiedad que siente la población venezolana actual para tener un orden de cosas que les permita disfrutar de valores fundamentales, sobre todo en el ámbito alimenticio, que les han sido limitados por el absolutismo que ha originado el enfoque presuntamente socialista que sustenta este Gobierno, con su terrible simplificación de la problemática económica y social. Entonces, creo que la solución pasa por cambiar la concepción de revolución que sustenta este enfoque ideológico, que se funda en el Estado colectivista como único realizador de las condiciones vitales del individuo; por el concepto de revolución democrática republicana y liberal que se funda en el individuo como agente de su realización vital. Son dos puntos de vista absolutamente diferentes, contrapuestos, con la circunstancia de que lo que parecía una debilidad en la democracia liberal; es decir, el individuo, se ha revelado con mayor fortaleza que la generada por los regímenes colectivistas, de hecho centralizados y absolutistas, como lo han sido y lo son todos los regímenes comunistas o socialistas, siempre opresores, y que inevitablemente han conducido a los pueblos al despeñadero socioeconómico y muchas veces moral.

No hay atajos para el desarrollo de la sociedad, la fuerza más poderosa para lograrlo es la continuidad del esfuerzo constructivo individual, que no significa estancamiento sino movilización productiva, o acción para lograr la forma más eficaz de cooperar con lo existente para llegar a un nivel más alto de desarrollo, eficiencia y libertad. No hay otro ejemplo en la historia de la humanidad de un sistema sociopolítico que halla enfrentado problemas tan severos y exigentes, como el sistema democrático liberal, no sólo en lo político, sino también desde el punto económico-administrativo y social, como el llevado a cabo por la revolución liberal; lo prueba el mundo desarrollado, tanto de América, como de Europa y Asia, proceso que sostenidamente se ha fundado en el individuo como agente de realización y no en el colectivo o en el Estado como realizador único de las condiciones vitales para lograr el desarrollo socioeconómico. Ante esta dualidad concreta debemos elegir las acciones de nuestro futuro.

 

 



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